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«Todo bueno, todo nuevo»
Así rezaba el primer
cartel de esta Plaza de Toros San Marcos, en 1896 y
para una Feria consagrada ya en sus 68 años y a punto
de estrenar un nuevo siglo.
En 1828 empezó todo, con
la visión de un gobierno, en un Parían a medio
construir dentro de un predio de 58 por 87 varas de
Don Pablo de la Rosa y el préstamo de 8,000 pesos de
Don Anastasio Terán y claro, el entusiasmo de
comerciantes y la gente buena de Aguascalientes.
A pesar de ser la primera
fue un éxito, a tal grado que en los siguientes
otoños, pues la verbena era en noviembre, se termino
el Parían y se acerco gente de Durango, San Luis
Potosí, de Puebla de los Angeles, del norte, de la
misma capital del país y hasta del extranjero.
Aguascalientes ya tenía
su feria y México su mejor fiesta.
A pesar de sus 130
locales comerciales dentro de sus cuatro portales y su
«Plaza del Mercado» interior, el Parían ya era
insuficiente para recibir a tanto feriante. Y de
nuevo, un gobierno visionario mudo en 1851 la Feria a
su actual sede: el Jardín de San Marcos. Se acomodo la
fecha al mes de abril, durante los festejos del Santo
Patrono de aquel pueblo de indios, cuando el parque
ofrecía sus mejores aromas y colores para los
visitantes.
Ahora Aguascalientes
tenia su icono y México su mayor orgullo nacional.
Despidiéndose de un
industrioso y científico siglo XIX, nuestra Feria y la
ciudad, además de anunciarse como «un jardín
convertido en gigantesco ramillete de flores», donde
«la completa paz y tranquilidad que goza el Estado»,
las «Fiestas del Saber y la Inteligencia» como eran
conocida la «Exposición Anual de Industria, Minería,
Agricultura y Objetos Curiosos», se celebraron por
primera vez en el México porfirista. Después le
siguieron la Cd. de México, Guadalajara, Puebla y
otras ciudades.
«El Salón de
Exposiciones» presumió hasta 1888 desde inventos
agrícolas e industriales, salidos de los talleres y
fábricas de la región, hasta obras premiadas de Jesús
F. Contreras, de José María Velasco, entre otros
artístas, o como el «Primer Cuadro Sinóptico del
Estado de Aguascalientes» de Isidoro Epstein. Ya en
pleno siglo XX, Aguascalientes, San Marcos y su Feria
eran el mismo punto congruente de comercio, industria,
cultura, diversión y toros.
Así como la industria
tuvo su espacio, en la verbena sanmarqueña la fiesta
taurina paso de la Plaza «Del Buen Gusto» de Don José
María López de Nava al majestuoso ruedo, que en tan
sólo 48 días se construyó para ser inaugurado por el
ibérico Juan Jiménez El Encijano lidiando el sólo ocho
toros aquella memorable tarde de abril.
Ahora Aguascalientes
tenía, por la gracia de su feria brava, un nuevo
templo y México su primer catedral del toreo.
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